
"Los
Visitantes" de Mirna Chacín,
parecieran jugar dentro del rectángulo fotográfico, a la manera
de dobles interpuestos entre la mirada de quien los registra, sorprendiéndolos,
y los que desde un afuera, asistimos al juego de significaciones propuestas
por una luz que busca expandirse en generosa entrega, mientras los cielos
recogen profundidades que trascienden lo estrictamente espacial y retoman
un orden secreto que atraviesa -sin desmedro de lo meramente referencial-
el sentido, enriqueciéndolo. Los monumentos y los seres que los visitan
muestran la fragilidad de una relación marcada por la temporalidad
turística. Ya no se trata tan sólo de la presencia concreta
de los que se fueron y dejaron sitio a otros protagonistas de la historia,
sino de quienes, procedentes de cualquier lugar del mundo, se asoman por instantes,
quizás, al devenir concreto de la humanidad.
Ofrenda críptica que muestra, iluminándolos, sus posibles sentidos:
"Los Visitantes", nos dejan la sensación de un más
allá significante, inapresable a primera vista, deslizado en el breve,
pero profundo espacio simbólico en donde como llama trémula,
late el sentido que nos perturba y nos conmueve como seres que protagonizamos,
a su vez, nuestra propia historia personal.
Marisela Gonzalo Febres,
Barquisimeto, 2000
El
discurso fotográfico de Mirna
Chacín siempre gira en torno a un viaje. El desplazamiento físico,
el inquietante placer de descubrir nuevos mundos, sin embargo, siempre termina
en la observación cuidadosa de sus compañeros de travesía,
seres anónimos que le resultan tan fascinantes como los monumentos
y los paisajes y que se convierten en el resumen de su itinerario interior.
La palabra turista no entra en el léxico de Mirna
Chacín: prefiere el término visitantes, más sobrio
y cordial, para denominar a los personajes que coinciden en su ruta e inadvertidamente
le proporcionan pistas sobre las razones humanas, propias y ajenas, por las
cuales el viaje cobra trascendencia.
El escenario bien puede ser Atenas, Roma, Praga o Tulum, París o Chichén
Itzá: siempre el acento está en el contraste entre esos seres
ridículamente contemporáneos, con sus lentes de sol y sus ropas
cómodas, y la solemnidad del entorno.
Margarita
Arribas,
Maracaibo, 2000
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